lunes, 23 de noviembre de 2015

A veces el encierro





La cocina olía diferente dependiendo de la hora, a Marta le gustaba el olor de los desayunos, el aroma se colaba por entre las puertas, y las habitaciones se llenaban de una fragancia especial: Bollos, café, mantequilla. La melaza se dejaba caer en las tostadas y los arándanos adornaban hasta casi los picos del mantel. Afirmaba el ama de llaves que el alboroto de muchachos y sus perros y sus gatos resultaba a esas horas un vendaval de aire agitándolo todo, incluso, si en el jardín se hubiera encontrado una goleta, ésta, se hubiera zarandeado igualmente, y su velamen volado por los aires.

Cada cual iría a sus tareas, los mas proclives a obedecer eran dos hermanos de piel clara y pelo rubio y Marta, una chica distraída y confusa desde el mismo día de su nacimiento. Pasaron demasiados años y en aquella casa situada enfrente de un lago, pero dividida por un gran muro cubierto de lechosas ramas entrecruzadas, solo quedaban los hermanos de piel clara, ya con el gesto murrio y demasiadas arrugas, y Marta, (Ya casi con el siglo en sus espaldas) tantas las arrugas de ellos tres, que podrían servir de abrigo en invierno; pero lo terrible de todo aquello es que el miedo de las criaturas durante su infancia, el poder de anular a las personitas desde chiquitas para obviar lo evidente, los azotes y las humillaciones por parte de las cuidadoras, no dejó que sus ojos no pudieran ver mas que esa pared cubierta de ramas, que creían atisbar desde sus ventanales, y tampoco, sus ojos ni sus oídos escucharon los barquichuelos desplazándose por entre las aguas y el chapoteo de las avanzadillas hasta llegar al otro extremo de la ciudad; por lo tanto se quedaron para siempre en sus habitaciones abrazando los días ilusorios de sus vidas y sus desayunos.



lunes, 16 de noviembre de 2015

Ellos





No tendrían que escoger una estación u otra, siquiera podría ser especialmente al amanecer, o tal vez, cuando la luna aparecía con su rostro resplandeciente, o la media luna oculta detrás de los nubarrones. Disfrutaban en demasía cuando las muchachas se preparaban para dormir, lo oscuro les atraía igual que  la luz atrapa a las luciérnagas y danzan estrepitosamente de un lato al otro; el oscuro de la noche les invitaba a pasar por una puerta invisible, algo fácil  de franquear para esos entes que lejos de ser vulnerables, tenían la habilidad y la fuerza sobrehumana de apoderarse de las almas, sobre todo tendrían mucho cuidado para escoger a las víctimas, sabrían que los dos hermanos que dormían en las habitaciones anteriores no se someterían a tales fechorías, si axial se puede calificar las ruindades, porque los varones quedaban exentos. Los despropósitos que acometían a menudo eran males que  provocaban el pánico de las hermanas y que no habría ningún modo de que los padres pudieran creer lo que en la casa sucedía al caer la tarde, cuando la noche se apropiaba de una gran capa y atenuaba las luces de detrás de  los postigos…
 Las impostoras, así las llamaban cuando las miraban desde la puerta, con sus rostros deformados y sus espaldas jorobadas, en ocasiones en vez del vaho que dejaban salir por entre sus bocas sucias, resbalaba una asquerosa baba sanguinolenta. Sea como fuere  no dejaban de perturbar a las chicas, y algunas noches provocaban la frustración de ambas, porque nunca creyeron de ellas aquellos hechos. Solían sentarse al borde de las camas y esperaban que sintieran el sueño y que sus párpado comenzaran a cerrarse, y al unísono comenzaban con su gesta de tendencia maligna, soplaban una y otra vez a los ojos de las hermanas, que trataban de cubrirse con las sabanas a sabiendas de que allí estarían, acechándolas  y creando un ambiente desagradable y perturbador, un verdadero vértigo, una pesadilla real. Rezaban para que desaparecieran, alguna vez lo consiguieron, porque se escuchaban sus pasos por el largo y ancho pasillo, para luego desaparecer por entre las paredes.
 Se dijo que ellos fueron los que habitaron la tierra donde se hallaba construida la casa, quizás una hubiera sido vieja casona roída por los obuses de aquella cruenta batalla, quizás unos niños abandonados a su suerte, o unos pastores que fueron devorados por lobos en su propia cabaña. Nada certero en las dos probabilidades, pero las muchachas ya nunca fueron las mismas, y es que sobrecoge que roan la carne durante el sueño.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Existencia imaginaria




Debió ser en la madrugada de la noche del miércoles, pensó, mientras leía las noticias, y al mismo tiempo un alto para perder la mirada en el horizonte plagado de gaviotas tan diminutas como los confetis. Y es que a veces la oscura penumbra juega malas pasadas dijo en voz alta. Había terminado el café y tomado el vaso de agua. En aquel hermoso paisaje, junto al rio grande,y las casas holandesas con sus balcones llenos de flores, sucumbirían asombrados de tanta belleza los allí presentes y los caminantes, pero siquiera hizo el ademán de levantarse, la curiosidad pudo mas y volvió a releer, se acomodó nuevamente en el mimbre blanco. ¿Desea alguna otra cosa señora?, dijo que no, ajustando su blusa, sin quitar la vista del papel, porque se había interesado especialmente en ese suceso, porque las imágenes les eran conocidas: La matricula del coche, el rostro de la señora, magullado; y sobre todo el zapato, el mismo que ella calzaba, a falta del otro.

En todos lados cuecen habas

¿Pero qué me pregunta usted?, me dijo la anciana, con una cachimba enorme en una esquina de la boca, que al mismo tiempo chorreaba ba...