miércoles, 22 de noviembre de 2017

Que se van yendo cosas y casas y calles.



Ya no se llevan calles estrechas, sin embargo, aún se pueden ver en cualquier ciudad del mundo.
Las calles estrechas tienen magia, al menos yo lo creo así. En las calles estrechas abundan toda clase de seres y cosas, y humanos, también. Por ejemplo: Los grillos, los cubos de basura con peladuras de limón, peladuras de papas, y peladuras de muchas cosas, tantas que se ven colmados, los cubos.
También, muchas colillas, algunas aún con resto de pinta labios, y otras, simplemente, son colillas apuradas en el transcurso de la noche una, tras otra, mientras se juega a una partida de cartas, atrás del tugurio, por eso el whisky, por decir whisky, porque podría haber nombrado cualquier otro brebaje, habrían de ir igualmente al cubo de basura, las botellas, vacías del todo.
Esas calles estrechas algún día serán solo un recuerdo en el tiempo de alguien. Porque ya no cabemos, y ahora lo que más abunda son las calles anchas y largas, avenidas que parece que engullen a todo el que se adentra. A mi me parecen selvas. Pero no son verdes, esa es la diferencia. Son multicolores por las luces que llevan las farolas, y por los adornos de navidad, si es el caso que fuera época de fiestas navideñas.
Pero yo me niego a eso de renunciar a las calles estrechas, con sus cubos de basura en la parte de atrás, o, en la parte trasera. Las calles estrechas, donde se duermen los tugurios a altas horas de la madrugada, se han convertido en un culto, por decirlo así. Bares atestados de parlantes, con cigarros en sus bocas, con la música del trompetista que parece que nos lleva al cielo. Y sobre todo ¡ah, sobre todo! Los ricos bocados de tortillas, y de pimientos, que más que comida parecen besos con lengua...


martes, 14 de noviembre de 2017





Ayer me soporté bien. Anduve en la madrugada, como cuando una se escapa del cuerpo mientras duerme. Me soporté toda la noche, soporté dos botellas de champaña … Me hice río helado y luego confortable. Me amé, me amé, más tarde, cuando la luz del sol asomaba. Fue en el mismo tugurio, en la parte de atrás, donde la champaña en cajas… Me deshice del vestido y de las medias, me quedé amándome y un olor a sexo fue como un espray de lilas… al aire, en donde las cajas de champaña...

lunes, 13 de noviembre de 2017

Dominó, magnolias y más


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Allá por los años cuarenta, por los míticos bares de ahora y de siempre, ella era una estrella con una flor de magnolia en su pelo abundante y ondulado. Aún permanece invisible, la flor.
La noches donde las personas se arreglaban bien y cogían un taxi, para obtener una velada grandiosa, donde la estrella con la magnolia en el pelo bailaba perfectamente, sin vacilar, con sus vestidos brillantes y borlas como plata brillante, alrededor de su torerita de terciopelo. Aquí en los tiempos de ahora perseveran otras cosas en estos supuestos años en que la vida termina, porque el corazón se cansa. Esta tarde la pude ver de lejos, en el comedor forrado de láminas de madera por el frío, por si el frío les helara los dedos a los viejitos. Sabía que ella pensaba en el arroz que tenía delante en un plato blanco, que ya podría ser una docena de ostras con un champán, yo me relamí de su pensamiento, porque puedo escucharla desde lejos, porque la conozco y por aquellos tiempos yo todavía no había nacido, pero ya andaba por aquí, sin forma, sin aliento, pero estaba. Cuando llegué a la mesa me sonrió y se sorprendió, porque quizás el porro de mariguana en mis labios era algo novedoso; Ceferino come y come el arroz con pollo y tiras de pimiento, no quiero más arroz, me dijo. Claro que no querría, no querría arroz con pimientos, eso no era siquiera hambre para ella, solo un plato de colores en el centro y sus manos a los lados y una servilleta blanca alrededor del cuello y los granos en cadena uno a uno, hasta terminar la tela. La tela con arroz perfectamente podría servir de lienzo en las paredes, pero no era el caso.

De pronto la vi, con su ovillo de lana pero un ovillo del tiempo, manchado de pinta labios, de risas, de caminar por Gran Vía, con un chaparrón de mil demonios, con guantes de cuero en sus manitas jóvenes y pequeñas. La vi, si la vi como yo veo todo; sin embargo ella ni se inmutaba, solo se limitaba a mirarme, porque mi porro se apuraba o se detenía según yo quisiera. Y sonó Armtrong, y el patio de magnolias y los viejitos jugando al dominó y ella, tan viejita del tiempo, bebía agua en su vaso de plástico, porque los niños los dejan caer y se lastimarán luego, en este caso, no. 

jueves, 9 de noviembre de 2017

Tendría que hacer girar el timón del tiempo, que sería como un remolino de horascas, con gotas de lluvia llorándolas a todas.
Tendría que quedarme siempre. inmutable y jóven. Con la piel sedosa y tersa, quedarme como estatua de sal.Sin pestañear, pero habría de ser así, de otra manera, no serè ayer, no.
El timón gira a gran velocidad, prudente velocidad, hasta dejarme ahí, en la nueva piel y en el nuevo amanecer,y mis pechos mimados, mis pezones besados, y esas noches de juventud ilusionada, pero también de una atroz adolescencia.
Girar el tambor para verme asolada? Llorada de lágrimas y en el espejo una niña con cinturita de avispa, con la sonrisa inconsciente de la terror verdad.
Tendría que hacer girar y girar el timón del tiempo por si en alguna esquina de la plaza del Príncipe y por ventura del destino, tú estuvieras ahí..mirándome, y yo sabiendo que tú estabas ahí, miràndote...
Tendría que morir para volver. Coincidir en un antro de rebelión..contigo.. contigo, contigo... con..

martes, 7 de noviembre de 2017

Mamá, casóme




Que ya es tiempo que lo haga, mamá, casarme. ¡Qué guapo es mi novio!, que tiene la ropa de soldado, con su gorra llena de estrellas. Son rayos de Sol sus ojos, si, mamá, si que son, son dos luceros también…

Suspira mi corazón por él y la noche es un vals de estrellas rodeándome. Su esposa quiero ser mama, si que quiero, quiero porque lo quiero, porque jamás querré a otro, ¡Dios me libre madre mía, Dios me libre!

Me dicen en sus cartas, madre, que cuando sale al patio, en el descanso de las guardias, se pone a cantar lo más bonito para mí, que añora España, madre; pero que vendrá pronto, que la guerra no es para él, que se muere de pena cuando caen sus compañeros de batallón al lado de él, que parecen marionetas con las tripas rotas y los ojos grandes, madre, grandes de terror.

Y que no le importa que la lluvia lo moje, madre, cuando canta en el patio ¡Qué amor tan bonito! ¡Soldado por su patria y a la muerte si es necesario, por valiente!

Me dice también que cuando no está en las trincheras, se consuela madre, con verme en la foto. ¿Te acuerdas madre? Aquella foto que me sacó el cura del pueblo, iba yo muy derecha y lozana, y guapa, y muy decente…

Que duerme con ella bajo la almohada, en las tiendas roídas, bajo la luz de alguna estrella, mientras pasa la noche para que vuelva la guerra en cuanto salga la luz del Sol. Un arroz con habichuelas le haría yo, para que no pase hambre, tan limpio lo pienso tener, que la gente se vuelva cuando paseemos por el parque, el parque de mi infancia. Un parque bendecido por Dios, lleno de mariposas de colores, una fuente con agua brillante, que se alza al Cielo, cuando la brisa de la tarde se hace fuerte. Coplas y más coplas sonarán, cuando pasemos delante del quiosco de flores, de la marquesina, eso si que será lo más hermoso, madre…

Que me cuenta en las cartas con el salero que Dios le ha dado, que me quiere a mi sola, que muere por tenerme en sus brazos, y que yo me sonrojo, madre, que soy mujer decente y buena. Pero un hombre es un hombre, y ha de ser lo que le complazca, porque para mí, nadie más en la tierra…
Anoche cayeron las bombas cerquita, me dice, cayeron como cuchillos, y mordieron como lobos hambrientos. Pero la valentía de mi hombre hizo que siquiera se inmutara, madre. Me dijo que nada de miedo pasó, que él es un hombre valiente, y, que si muere en la guerra, será por algo, porque a hombre y varón no hay quien le gane.

Sabrás, madre que fue torero, en su día, que no llegó a la fama, como otros, pero que mató a muchos toros, y que ya se había acostumbrado al olor a sangre, y también a los gemidos del animal, mientras lo remataba. Yo todo eso lo entiendo y me gusta que mi hombre sea así de valiente, por el modo en que rasgaba las tripas del toro, por el modo en que se comporta, cuando cerquita, muy cerquita caen las bombas. Él no llora como los demás, él siquiera reza un
padre nuestro, porque es un legionario como no los hay muchos, madre. Honor y hombría es él…

Ya no veo el día en que termine esa contienda, que siquiera se porque se lucha, siquiera se, porque se muere en ella. Ni que los niños lloren de hambre, ni que las madres tengan ni una gota de leche en sus secos pechos del miedo. ¿Dónde la has encontrado?

¿Qué cosa?-

La carta, Jimena, la carta-

Que me la dio la tía Inés un día, cuando visité el pueblo.

¡Qué pena de mujer la tita Bernarda!, se dijo la muchacha, mientras doblaba la carta y la guardaba en el pequeño cofre de plata, con pespuntes de oro fino. Todo preparado para la boda, con su novio flamante, y ella, con un velo que en cascadas llegaba al suelo, y para qué decir ese cante jondo que sonaba y las palmas que no cesaban, porque una boda, es una boda. Y es que a ella le gustó así, una boda formal, una boda sonada en el pueblo, con los mineros cantando fuera, en pleno mes de noviembre, cuando cae el relente, y la lluvia cala los huesos y empapa el alma…

Eso consiguió. Un hombre como es que más, un valiente venido de la batalla, entero y valiente. Suspiros de amor se advinieron entre los dos, ella, pura y sonrojada, él deseando tenerla esa misma noche.

En Cádiz fue la luna de miel, en Cádiz supo la novia lo que es un hombre. Entre fandangos y vino, se convirtió en su mujer, se la llevó el río, se la llevó. Un río que la devoró entera, que lastimó su pecho, que lastimó sus muslos, pero un río bravo y valiente.
¡Qué pena de mujer la tita Bernarda!, se volvió a decir.


Clara, Victoria, proclamaron la libertad de la mujer. Gritos de justicia. Sabias palabras. Pero ¡hay señor! ¡Qué pena más grande, ver a la tita Bernarda, en su tumba tan bonita! Rodeada de flores secas y amargas, y púas de rosa en sus manos, y su cara tan linda de madre reseca del tiempo, de barrotes, de mordazas en sus labios…

viernes, 3 de noviembre de 2017

Un historia con olor





Hay lugares con mucho frío, pero esos lugares tienen muchos lagos llenos de cisnes, lagos transparentes, apacibles, como cuando una madre da el pecho a su hijo, mientras ambos se dedican miradas llenas de amor…

Entonces en aquel café suena un violín. Una se queda ahí, escuchando, porque por un rato todo fluye: Fluyen las voces en susurros y, dicen esto, y aquello (Mañana nevará) , dijo alguien. Fluye el vaho de esos susurros. La música del violín se explaya como si grandes dedos delgados alcanzaran tocar los picos de las torres, o el tejado de las buhardillas. El muchacho tiene unas manos blancas y delicadas y sus dedos acarician sus cuerdas de tripa, tan mimado con el, que la música se desliza y envuelve todo.

Los sueños se pueden inventar, se puede soñar todo, igual que el violinista, que, lejos de las miradas y de los susurros, se aparta de todo, porque es tal la magnificencia de él con el mundo sensible, que crea sueños, los crea a cada minuto, que marca un reloj cualquiera, él es el poderoso soñador, ahora se detiene un momento, para cambiar de postura, quizás buscando la comodidad, quizás por realzar más aún las notas que se escapan caprichosas, creando un infinito lugar hermoso, como un parterre repleto de flores, de toda clase de flores...



Entonces los nubarrones desaparecen, y un sol espléndido nace allí, en aquella fina línea que separa un mar y un cielo. Las blancas manos, la juventud de su piel, la música que crea, los sueños, sobre todo, los sueños.

jueves, 19 de octubre de 2017

Porque fue un dieciocho de agosto, de 1936 que le mataron el corazón a un poeta grande, Federico García Lorca.

Hoy yo quiero fingir que le conocí en Soller, en la hermosa isla de Palma de Mallorca, el puerto de Soller, donde se llega si una quiere, por un manto de frutales, entre los sabores,  y olores de los hogares.  Porque fingir, en ciertas ocasiones, no es malo, al contrario, fingir una historia es tan bello como escribir un cuento.
Podría haber sido en La Habana, podría haber sido  Nueva York​, pero ha sido en este pequeño trozo de España donde Federico se quedó un otoño, solo un otoño que pareció una eternidad, para él y para mí.
 Una noche, a eso de las tres de la madrugada andaba yo trastabillando por una de las callejuelas de adoquines, de piedra redonda, y blanca, y que todavía sonaba una guitarra a esas horas, y que yo llevaba puesto aquel collar de caracolas, que llevaba descalzos los pies y que se yo, cuántas más cosas debía estar haciendo a esas horas de la bella madrugada…
Y que a esas horas, había una luna grandota y brillante, como el lomo de los peces. Él, con sus ojos negros, con la juventud de sus manos y de todita su piel; él, con los folios llenos de versos de canela, de versos de lirios; de amores; él, con las manos llenas de letras, como cuando los poetas las llevan a cuestas, que ni pesan, que no agravian, que duelen pero un dolor soportable, un dolor de penas que llenan espacios, antes en blanco, ahora con trazos de colores.
Y nos miramos ambos a la luz de la grandota. Yo a él  por guapo, él a mi, por que si, porque tenía el destino de conocerlo, y porque yo era así de loquita, así de veleta y así de noctámbula, por ser de área costera y por ser nacida para ello. Para bordear las madrugadas de antro, en antro.
Fingiremos pues que aquella noche en cierto modo quedamos prendidos, de nuestra belleza, de esas dos almas que se buscaban, y que, sin apenas rozarnos los labios, nos dimos un beso, ese que se queda tatuado en pequeños pigmentos, incrustados en labios sedientos…

¿Y que más te gusta de tu tierra chiquillo? Le dije. Y el me respondió:
El rinconcillo, en La Alameda y los cipreses, y... Se quedó mudo. Se quedó quieto… Me quedé a su lado, nos dimos la mano y entre los adoquines sonaban las tapas de sus zapatos, y entre adoquines mis pies descalzos a nada, sonaban a nada. Pero el otoño ese fue más que un otoño, una vida entera entre los dos. Porque supe de él, cómo se escriben los poemas, que se sienten tan adentro, que se ven los campos cómo lloran cuando no llueve, que  se escuchan los gritos de la injusticia, los gritos del hambre, las bocas cosidas, del miedo, porque no hay libertad. Y sobre todo qué maestro de palabras de amores...

Una noche de esas mías en que pierdo los estribos y soy más libre que cualquiera, una noche de esas, cruzamos el puente de madera donde duermen los patos, y ahí, al otro lado, una albufera callada, con la grandota alumbrando nuestras siluetas, una noche de esas en que yo, ya no sé quién soy, porque soy lo que siempre había querido ser.
 Él, y yo, cruzamos el puente de madera… él y yo, casi ni caminar podíamos, porque el pecho de ambos ardía, si, ardía de juventud, de vida, ardía libre, ni sosiego, ni nada, ni paz, ni angustia: A sorbos bebimos de los dos…
Y por seguir fingiendo esta historia, que es un cuento, de esos que no se olvidan, porque yo, a él, lo quise allí, en un otoño de ocre, allí, entre los juncos y las callejuelas… donde mi vida le pertenecía a la noche y al mismísimo diablo, si habría hecho falta.
Me habló de sus letras, me leyó sus versos de purito almizcle, de hojas tristes, de los cipreses muertos de miedo.
 A cigarrillos y sorbos de quina y genciana, se difuminaba la noche.
¿ A por otra moreno? Le dije. A por otra, me dijo. Y temblaba su cuerpo joven, su piel suave, mi boca lo  bebía todito. ¿Qué quieres que te lea esta noche, mujer? Me dijo con voz dulce y aterciopelada, como diría un ángel, con sus alas blancas y relucientes- Lo que tú quieras chiquillo guapo, te escucho, te escucho…respondí.
Y se volvieron a quedar atrás las horas de la madrugada-
 A carcajadas de alegría terminamos aquella última noche, la noche de Federico, y la mía.
 Una, vagabundea por los mundos de dentro, y se mira las rodillas, que sobresalen de un vestido que huele a amor, y huele también a noches de penas, y a noches de humo, de bocanadas de humo ceniciento.
Y una se mira al espejo y ríe, porque si, porque el licor ha recorrido por dentro, y porque aquella noche, aquella noche fue la última noche de un cuento, que no fue, pero que pudo haber  sido, porque los amigos que se quieren de verdad se guardan los besos, a manojos, y se llevan lágrimas compartidas. Allí, en Soller, con sus barquitas blancas y sus callejuelas de piedra.
Grande es el poeta que siente de verdad el amor en toda su magnitud…









Que se van yendo cosas y casas y calles.

Ya no se llevan calles estrechas, sin embargo, aún se pueden ver en cualquier ciudad del mundo. Las calles estrechas tienen magia,...